[No Touhou] Flora

Demuestra tu talento literario y se el próximo que derribe a Agatha Christie creando una nueva crónica histórica. Aquí los trabajos escritos serán grabados y estarán disponibles para todas las generaciones.

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Youkai_Escritor
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[No Touhou] Flora

Mensaje por Youkai_Escritor » Dom Abr 15, 2018 3:06 am

Hola ninis, aquí les dejo un cuentito que se me ocurrió mientras viajaba, espero les guste.
[+] spoiler
Esta historia es una de tantas otras que la gente cuenta. Lo que vieron o lograron ver, e incluso lo que escucharon de parte de otros. El pasar del tiempo convirtió los rumores en relatos, y de relatos en leyendas. Solo tú sabrás si es verdad o puro cuento la historia que vas a escuchar.

Este era un hombre conocido como don Augusto. En el pueblo lo tenían como una persona normal como otra, pero como todo ser humano tenía sus debilidades. Una de estas era su debilidad por el alcohol.

Como la gran mayoría de los hombres tenía el gusto de tomarse unas copitas cada vez que la situación lo ameritaba. Ya fuera un casamiento, una comida de familiares o la fiesta patronal etc. Pero pronto pasó de ser solo una costumbre a un grave problema. Las discusiones con su mujer aumentaban de tono cada vez más hasta que pasaron a las peleas. En una de estas peleas la señora recibió una golpiza tal que la señora fue a dar a la clínica y Augusto a la cárcel. Ni siquiera hubo una esperanza de reconciliación; cuando su esposa se recuperó esta pidió el divorcio y sin más miramientos le fue concedido. Cuando Augusto salió de la cárcel, se encontró con que estaba completamente solo.

Regresó al pueblo, pero no fue la mejor elección. Ya se conocía de sus problemas personales, era comentado por todos. Ahora solo se le conocía como el “Borrachín”.

“Mira, ahí va el Borrachín”

“Ese señor es borracho, y golpeó a su mujer”

Estos y otros comentarios eran dichos cada vez que la gente veía pasar a Augusto. Por sus decisiones ya había sido estigmatizado como una mala persona, aunque dicho sea de paso a él no le interesaba corregir eso. “Lo hecho, hecho está” era su excusa.
Un día que regresaba de un viaje en su viejo auto sintió las muy naturales ganas de orinar. Circulaba por una carretera que atravesaba unos cerros viejos, más viejos que la carcacha de Augusto. Se orilló en una cuneta, apagó su coche, salió de él y se dirigió a unos arbustos. Mientras hacía sus asuntos observó a su alrededor notando lo decrépitos que se veían los árboles a su alrededor. No pudo evitar sentir una sensación de nostalgia al ver esas ramas retorcidas sin hojas, como seres tristes de no estar completos, “como yo” pensó Augusto.

Uno que otro pájaro gritaba por ahí y los bichos chirriaban. Cuando acabó de orinar dio un suspiro al ver los árboles secos y dando media vuelta se dirigió a su coche, cuando algo lo detuvo. De algún lugar cercano le llegó el sonido de un gemido; como si fuera un animal lastimado. Escuchó por un momento más, y al no escucharlo de nuevo emprendió el regreso a su auto cuando otra vez escuchó ese lamento.

Esta vez la curiosidad pudo más y fue a echar un vistazo. Con mucho cuidado se internó entre los arbustos mientras escuchaba atentamente hasta que llegó a un arroyo. Lo primero que vio lo dejó muy confundido; pareciera que era una mata de pelo que se movía muy extraño. Se asustó al no saber de qué se trataba pero cuando observó mejor se dio cuenta que era una persona desnuda. Estaba acostada de lado dándole las espaldas, su cabello era tan largo que probablemente le llegara a los tobillos y era de un extraño color castaño con algunas manchas verdes. Pensó que tal vez se tropezó porque a los lados de la cabeza había ramas rotas que aún estaban verdes.

Cuando Augusto se acercó descubrió otras cosas; era una niña y estaba llorando. El tobillo estaba salido de su unión dando a entender que estaba dislocado. Algo que le resultó muy extraño fue que a un lado había un tronco de árbol, con una sorprendente forma humanoide.
¿Qué había sucedido? ¿Qué le pasó y donde están sus padres? Estas preguntas y otras más se arremolinaron en la cabeza, pero muy probablemente no las sabría en ese instante, así que tomó a la niña en brazos y se la llevó consigo.

De vuelta en su casa logró acomodarle el tobillo y la revisó para ver si no tenía otra herida que atender. En la cara de la niña se reflejaba una profunda tristeza, los ojos los tenía muy enrojecidos por haber llorado tanto. Ni siquiera notó que alguien la había cargado y la transportó a algún lugar desconocido para ella. Augusto le puso una playera lo suficientemente grande para que le cubriera todo el cuerpo. Preparó algo de comida y se la ofreció, pero la niña ni le hizo caso, seguía ensimismada sin prestar atención al mundo que la rodeaba. El la dejó en el cuarto donde estaba. Le dio tiempo para asimilar cualquiera que fuera su pena.

Augusto seguía muy extrañado por lo que había pasado. No era común encontrarse con una niña en medio del cerro. La había encontrado desnuda, así que tal vez algún depravado la había atacado, pero no mostraba signos de algún ataque. Por un momento pensó en llevarla a la policía del pueblo, pero pensó que inmediatamente lo verían como un sospechoso, así que desistió de la idea.

Al otro día entró al cuarto a ver cómo estaba la niña. Estaba sentada en un rincón con sus ojos de canica mirando a todos lados, y cuando entró Augusto se acurrucó en la esquina como si quisiera desaparecer. El hombre le dijo unas palabras pero no obtuvo respuesta; solamente era mirado por un par de ojos atemorizados. Augusto salió y preparó algún platillo para darle de comer, pero cuando se lo ofreció ella solamente se apretujó más contra la esquina. Él le dejó la comida en una mesa y salió, esperando que durante el transcurso del día se alimentara.

Mientras iba a su taller donde trabajaba de electricista, escuchó atentamente a los transeúntes, queriendo descubrir si alguien ya se había dado cuenta de su “huésped”. Pero al parecer las malas lenguas estaban tranquilas, por ahora.

Cuando regresó por la tarde y entró en el cuarto descubrió que la niña no estaba; había salido por una ventana. Rápidamente salió frenético al jardín, donde era que daba esa ventana, y comenzó a buscarla, aunque no tardó mucho en encontrarla. La encontró tomando agua a sorbitos de una tina. El agua estaba verde y musgosa e incluso algunas larvas de mosquito se sacudían dentro. Sorprendido y un poco asqueado Augusto la tomó de la mano y la llevó a la cocina donde le dio agua en un vaso. La chiquilla miró por un momento lo que le ofrecían y después a Augusto, lo observó atentamente, como si quisiera leer hasta lo más profundo de su ser y averiguar quién era este hombre desconocido que le ofrecía agua. Él se sintió incomodo mientras la niña lo miraba; se sentía juzgado, criticado... se sentía culpable. Bruscamente le dio el vaso de agua, ella lo tomó y comenzó a beber, mientras su cuidador preparaba la comida.

Los días pasaban en la casa de Augusto y su extrañeza aumentaba cada día. La niña se reusaba a comer de forma terminante, ni siquiera el guiso más delicioso que pudiera preparársele le abría el apetito. Augusto llegó a ofrecerle frituras de harina, en un esfuerzo por lograr que comiera algo, aunque sea chucherías; pero no, nada, solamente bebía agua, y mucha.

Un día que regresaba de comprarle ropa –le había dicho a la encargada que un pariente le encargó vestidos de niña para una hija enferma, para evitar levantar sospechas- la encontró debajo de un árbol de duraznos, con los pies desnudos metidos en el lodo de la poza del árbol, porque Augusto lo había regado antes de salir. Cuando la vio dejó la bolsa con los vestidos en el suelo, y muy enojado la jaloneó dentro de la casa donde le lavó los pies, pero cuando regresó al jardín por la bolsa notó algo raro; el lodo donde ella había estado estaba completamente seco, pero solo ese lugar, lo demás seguía húmedo.

Hablar con ella era otro problema. Cada vez que le dirigía la palabra la niña lo ignoraba; miraba hacia afuera observando los árboles o los insectos en su vuelo. Cuando algún pájaro aterrizaba en los ramas le niña sonreía y los ojos le brillaban. Las pocas veces que si dijo algo difícilmente se podría considerar como palabras; era una extraña combinación de susurros, chasquidos con la lengua e incluso gorgoteos muy parecidos al canto de un pájaro. Aunque Augusto tuvo que admitir algo; cada vez que la niña hablaba ese “idioma” los sonidos estaban articulados de forma armoniosa y sonora adoptando una tonada juguetona. Era encantador escucharlo, aunque no entendiera ni jota.

La vida de Augusto había dado un giro. Cada vez que regresaba a casa del trabajo, la soledad que tanto le aquejaba desde que su esposa lo abandonó había sido desterrada. Encontraba a Flora –así decidió llamarla- jugando en el jardín, corriendo con los pies descalzos, y hablando con los pájaros en su extraño idioma. Aunque no comía alimentos sólidos no se veía desnutrida o flaca. Ella misma echaba agua en la poza del durazno y metía sus pies en el lodo y se quedaba ahí hasta que el lodo se secaba. Para alivio de Augusto ella ya no bebía el agua verde de la tina, aunque si metía sus pies para “beber” de ella. Era más que claro que no era una niña normal, y tal vez ni siquiera era humana ¿Qué niña se alimentaría de solo meter los pies en el lodo y beber agua estancada? Pero a Augusto eso le valía un comino; por primera vez en mucho tiempo era feliz. Pero los hombres siguen siendo humanos, con virtudes... y debilidades.

Uno de los pocos amigos que tenía lo había invitado a una comida. Dejó a Flora en casa, porque no sería prudente llevarla a una reunión donde tendría que explicar su forma de ser ante humanos, que solo verían un bicho raro.

Durante la comida su amigo le ofreció un vaso con el mejor licor que tenía. Por un momento Augusto dudó, el alcohol había sido el responsable de sus tribulaciones, pero como no quería ser grosero aceptó un trago; y otro, y otro más, hasta que perdió la cuenta y la cordura.

Regresó a su casa gritando, cantando y diciendo sandeces. Salió al patio y en su embriagues le gritó a Flora que saliera a saludarlo y que bailara para él, pero no recibió respuesta alguna, solo el sonido de las hojas siendo mecidas por el viento.
La noche vio como vaciaba la botella que le habían regalado en la comida. Y en el día, después de reponerse de la cruda, salió de su casa y fue por más botellas que vació con ahínco en las horas siguientes.

Su antigua vida había regresado, y de la peor forma. Dejó de trabajar. Las cantinas eran su nuevo hogar y los parroquianos sus nuevos compañeros. Solo hay una vida, y hay que disfrutarla; esa era la frase que escuchó en los tugurios y la cual adoptó como suya. Su cama era la acera de alguna banqueta, donde dormía aunque el sol le estuviera quemando la piel. Él solo tenía una vida, aunque se comportaba como si ya no tuviera significado alguno.

Una noche después de una parranda, se encontraba sentado en el suelo con la espalda recostada contra la pared. Tenía las piernas abiertas, le faltaba un zapato aunque en la mano aun tuviera una botellita de aguardiente. Se encontraba en ese estado entre lucidez y embriaguez. Al parecer el alcohol había dado paso a un momento de claridad en su mente, donde se hacía todas las preguntas concernientes a lo que le pasaba en ese momento: “¿Por qué estoy así?” “¿Qué hice para merecer esto?”. Pero siempre llegaba a las mismas conclusiones que solo propiciaban que estuviera en ese círculo vicioso. “Ellos tienen la culpa, por eso estoy solo, nadie me quiere, solo el licor es mi mejor amigo, me hace olvidar mis penas”. Su vida solo se reducía a someterse a un estado de estupidez que lo hacía creer que solo él era justo entre las naciones.

La poca lucidez que tenía le advirtió que alguien se acercaba. Por un momento pensó que era la policía y quiso levantarse para huir, aunque era imposible debido a su borrachera. Solamente se quedó en el suelo esperando a que sucediera lo que iba a suceder, y dormiría en la fría comodidad de una celda; como ya era común. Aunque esta vez los policías eran más bruscos que de costumbre ya que sintió que lo amarraban con reatas en los brazos y el torso y se lo llevaban jalando.

Cuando despertó un poco más lúcido se dio cuenta que estaba en su casa. Estaba igualmente sentado en el suelo con la espalda recargada en la pared, pero esta vez en su cocina. Escuchó ruido que venía del refrigerador y vio a Flora removiendo cosas. Después se acercó a él llevando un plato; tenía un pan con un trozo de jamón metido a la fuerza, un cacho de lechuga algo amarillo y una papa cruda, en la otra mano llevaba un vaso de agua.

Flora se sentó frente a Augusto y le ofreció el almuerzo que ella había preparado. Él solo observó cómo Flora extendía sus brazos dándole el plato y el vaso; después vio su mirada. En ella no había enojo, repugnancia e incluso lástima; pero sí tristeza e incluso alegría. Tristeza de verlo como estaba y podría ser que alegría de verlo en casa, pero era claro que no estaba feliz de verlo ebrio.
Augusto tomó lo que le ofrecían y se lo comió, incluso la papa cruda y la hoja de lechuga amarilla. Cuando terminó rompió a llorar. Después de mucho tiempo por fin se daba cuenta de algo; nadie tenía la culpa de sus problemas, de que fuera un alcohólico o incluso de que viviera solo. Sólo él era el único responsable de todo lo que le pasaba. Todas sus decisiones lo habían llevado a ese estado. Ahora por fin había alguien a su lado y él estuvo a punto de alejar a esa persona, y a pesar de haberse convertido de nuevo en un perdedor, ese ser aún seguía a su lado. Era hora de cambiar.

Cuando acabó su almuerzo se levantó y fue por las botellas que tenía guardadas para acabar de vaciarlas; pero en la coladera. Después rompió las botellas vacías y tiró los restos en el bote de basura más lejano que encontró en el parque. De regreso en su casa regó el durazno hasta que la tierra se hizo lodo y Flora acudió pronta a enterrar sus pies. Entonces Augusto la abrazó. Mientras estaban así él miró al durazno y solo hasta entonces se dio cuenta del cabio que había sufrido. De ser un árbol raquítico que daba frutos pequeños y enfermizos, ahora se veía saludable y fuerte, dando frutas deliciosas como cualquier durazno normal. Augusto se dio cuenta que todas las plantas de su jardín habían obtenido un aspecto más frondoso y verde desde que Flora llegó. En verdad ella no era una niña normal.
Augusto volvió a abrir su negocio y trabajo con más ardor que de costumbre. Las personas veían sorprendidas el gran cambio que tuvo. Poco a poco y con mucho esfuerzo logró recuperar sus antiguos clientes. El ebrio Augusto se quedó en el pasado.

La temporada de lluvias llegó, provocando alegría en todos los habitantes del pueblo. La llegada de las enormes cumulus nimbus presagiaba el destierro completo de la ola de calor, y que los cerros se vestirían de nuevo con vegetación verde. La primera tempestad no tardó en llegar. Vientos fuertes y lluvia torrencial cayeron sobre el pueblo. Augusto observaba por la ventana algo atemorizado. Ver como las ramas de los árboles se movían violentamente le recordaba momentos de su infancia, cuando creía que el fin del mundo había llegado y que la tormenta los mataría a todos. Pero lo que más lo asustó fue ver a Flora correr y bailar alegremente debajo de la lluvia.

Se había quitado el vestido y estaba completamente al natural, dejando que la lluvia y el viento le azotaran el cuerpo. Augusto salió al jardín cubierto con una manta. Quiso tomar a Flora de la mano y jalarla dentro de la casa, pero la niña se le escapó y corrió a refugiarse en un arbusto cercano. Por más que quiso Augusto convencerla de meterse en la casa no logro nada, más que mojarse él mismo. Enojado, desanimado y mojado corrió hacia la seguridad de su casa dejando a Flora en sus correrías locas.

Por la ventana observaba como Flora salía corriendo de un arbusto e intempestivamente se lanzaba en las ramas de otro para desaparecer en su follaje. Al otro día la encontró durmiendo debajo del ya conocido durazno. Sintió un súbito enojo al encontrarla así, incluso tuvo ganas de pegarle, pero cuando pensó un poco más acerca del asunto comenzó a calmarse. ¿Cómo iba a regañarla a ella si tal vez esa era su forma de vivir en la naturaleza? Si Flora podía vivir de solo tomar agua o de meter los pies en el barro, ¿qué le podría pasar de correr debajo de la lluvia? Meneando la cabeza Augusto la tomó en sus brazos y la metió en la casa.

Si Augusto cambió en su forma de ser, lo mismo pasó con Flora. Él la trajo a su casa siendo solo una niña, pero cuando acabó la temporada de lluvias se había transformado en una mujer. De forma inexplicable creció hasta ser una adulta y Augusto quedó muy asombrado. Este cambio trajo consigo desafíos, y problemas.

La ropa de niña que le había comprado meses atrás, era obvio que no le quedaría nunca más; y como no podía comprar ropa de mujer sin levantar comentarios y sospechas él decidió confeccionarle algunas; usando unas cortinas las cosió de tal forma que tuvieran la forma más cercana a un vestido, aunque muy rudimentario.

Pero la felicidad que disfrutaba Augusto pronto se vio amenazada. Uno de los tantos rumores que circulaban por ahí, contaba que alguien vio como un demonio con forma de niña se llevaba a Augusto esa noche que él estaba tirado en la calle completamente borracho. De las manos de ese monstruo salían cuerdas o lianas que habían atrapado al hombre y que se lo llevaba jalando. Claro está, se referían a Flora. Pero pronto otros rumores más pasaban de boca en boca y todos ellos tenían a Augusto como protagonista.

Chismes acerca de brujas, nahuales, espíritus y demás cuentos comenzaron a llenar las calles y los hogares de los pueblerinos. Y ahora
Augusto pasó de ser visto como un borracho a un practicante de brujería. Se sabía que había alguien más en su casa, pero hasta ahora nadie había investigado tanto, hasta que un día una mujer le espetó a Augusto que habían visto a una joven desnuda bailar en su jardín.
Molesto y preocupado regresó a su casa y tal como se lo habían dicho había una joven desnuda bailando en su jardín. Flora se había quitado su mal hecho vestido y daba vueltas alegremente entre las plantas y los árboles. Augusto se acercó a ella y le arrojó el vestido exigiéndole que se lo pusiera; esa fue la primera vez que la regañó.

En la noche Augusto estaba pensando en su situación actual. Aunque le parecía muy asombroso -y en cierto sentido atemorizante- la transformación repentina de Flora, muy en su interior se sentía feliz. Para él Flora era su hija, sin importar lo que ella era en realidad. La cuido y la vio crecer, ella le regresó la cordura y le dio un sentido a su vida. Pero el secreto ya no estaba seguro, los vecinos ya sospechaban que algo raro pasaba en su casa, y aunque eran pueblerinos ignorantes, Augusto sabía que podrían ser capaces de algo peligroso. Entonces se le ocurrió la única solución a su problema, aunque le dolió pensar en esa idea como si le atravesaran el corazón. De repente escuchó algo que provenía del jardín.

Últimamente Flora había logrado articular una sola palabra entendible; “Guto”. Cuando quería algo o simplemente quería llamar su atención Flora le decía “Guto”. De los chasquidos y gorgoteos pasó a los susurros y sonidos muy parecidos a cantos, y esa noche Flora hizo gala de su mejor “vocabulario”. Para sorpresa de Augusto ella estaba cantando; era una melodía muy bella pero triste. Estaba sentada en medio del patio y la luz de la luna iluminaba su figura. Meneaba la cabeza a cada cambio de tono, y cerraba los ojos como si quisiera concentrarse tanto como pudiera para poder cantar tan bien.

Augusto rompió a llorar de nuevo; no quería alejarse de ese bello ser que le había devuelto las ganas de vivir, pero si se quedaba más tiempo su vida correría peligro. Debía tomar una decisión, aunque fuera muy dolorosa.

Una tarde todo el pueblo estaba en bullicio. Había llegado la fiesta patronal y ese mismo día se llevaban a cabo diferentes actividades para divertir a la gente y honrar al patrono del pueblo. Pero para una persona eso carecía de importancia, y en vez de ser una molestia le resultó muy oportuno ya que casi no había gente en la calle para ver lo que iba a pasar.

Afuera de la casa de Augusto estaba su viejo coche estacionado, minutos después salió su dueño y una mujer envuelta en un manto. Ella se metió en el asiento trasero y Augusto en el conductor. Arrancó su carcacha y sin que nadie los viera salieron del pueblo.
Flora miraba con asombro como las cosas se movían tan rápido; las personas y objetos apenas y lograba distinguirlos. Era la primera vez que salían a dar un paseo, aunque no fuera exactamente uno. Augusto pasó otros pueblos más hasta que llegó al primer cerro grande por donde se internaba la carretera que iba hacia la ciudad. Este era el mismo cerro donde Augusto encontró a Flora tiempo atrás, y ahora venía a devolverla a donde pertenecía.

Dejó la carretera, y tomó una camino de tierra que se internaba en lo profundo del monte. Condujo hasta el punto donde el camino se convertía en una brecha abierta entre la maleza. Todavía muy dudoso se bajó del vehículo y le abrió la puerta a su hija. Flora salió y miró a su alrededor. Ver tanta vegetación la dejaba pasmada. Comenzó a hablar en su misterioso idioma mientras miraba a todos lados, Augusto solo sonrió y dejó que las lágrimas le surcaran la cara. Entonces él tomo de la mano a Flora y la llevó por la vereda hasta que comenzaron a subir el cerro. Augusto se detuvo y extendió la mano señalando hacia el monte. Flora se quedó pensativa unos momentos, ¿qué se supone que debía hacer? Pero pronto la naturaleza la llamó, comprendió lo que estaba pasando y miró a Augusto a la cara esbozando una sonrisa. Él la abrazó por última vez y le dio su primer y único beso en la frente. Tuvo que obligarse a soltarla por temor a no dejarla ir. Flora comenzó a andar y mientras caminaba se quitó el vestido, entonces el cabello castaño se tornó verde y antes de desaparecer entre la espesura miró de nuevo a Augusto y le sonrió, entonces continuó su camino y se internó en el cerro.

Durante todo este tiempo Augusto lloró como nunca lo había hecho. La felicidad y tristeza lo embargaban hasta el punto de ya no poder más con ellas. Se quedó un rato más hasta que comenzó a oscurecer. Con mucha dificultad su viejo coche avanzaba por el camino de tierra hasta que llegó a la carretera y emprendió el viaje de regreso.

Un día, de forma misteriosa, Augusto desapareció del pueblo. Su casa estaba cerrada al igual que su trabajo. Nadie supo a donde fue. Muchos dicen que se lo llevó la nahuala, otros que está aprendiendo a ser brujo en algún lugar lejano. Lo que sí es cierto es que una cabaña apareció en lo profundo del cerro, donde vive un viejo que de vez en cuando baja a los pueblos cercanos a vender productos del monte. Pero nadie se acerca a esa cabaña porque dicen que ven a un espíritu con forma de mujer que la visita a menudo; este ser tiene en la cabeza dos ramas a modo de cuernos, las cuales están llenas de hojas y flores, y que cada vez que habla se dice que es la voz del monte, con las voces de los pájaros y los demás animales pregonando sus vivencias.

Fin.

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Re: [No Touhou] Flora

Mensaje por nota » Lun Abr 16, 2018 2:16 pm

... que bonito.

Realmente está muy buena, el cambio que puede hacer el sentirse querido a alguien que lo necesita, aún si son de diferentes especies, los rumores tienen un poder increíble, son aterradores definitivamente, y en los pueblos que aún son muy rurales todavía más. El final fue bonito, pensar que se iría a vivir a las montañas para no separarse de Flora, es conmovedor.

Gracias por la lectura.

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